Yo creo en las señales. Hay quien se muestra escéptico ante la posibilidad de que la Vida sea inteligente y pueda ofrecernos caminos. Yo no. Cuidado, me refiero a señales, no a milagros. No es necesario que suceda nada sobrenatural para que la vida se comunique con nosotros.
La Vida no es un prestidigitador barato. Yo sinceramente creo que la Vida sigue estrictamente sus leyes naturales dispuestas por la Física y la Química. No me trago eso de los milagros.
Mi creencia es que la Vida nos hace guiños a través de situaciones y experiencias cotidianas. Nos ofrece caminos y oportunidades que somos libres de aceptar o rechazar. La libertad última se halla en la actitud que tomamos ante las cosas.
Esta mañana, por ejemplo, he recibido una crítica, de esas que escuecen un poco, de alguien muy querido. Podría haberme enfadado o haberme sentido herida durante todo el día, sí, pero no era mi actitud. He preferido pensar en su sinceridad. Sus críticas me demuestran que cuando es afectuoso habla desde el corazón. Y yo me siento muy afortunada por encontrar en mi camino gente auténtica, compleja, capaz de expresar desacuerdos, de ser a veces amable y a veces cascarrabias.
Y, desde mi experiencia, ya que yo no me documento en libros para reflexionar y parto siempre de lo cotidiano, aprendo que son infinitas y diversas las interpretaciones que se pueden hacer de las señales de la Vida. Hay quien en mi lugar se hubiera enfadado. Cada ser humano es único e inimitable en su fórmula de digerir la experiencia.
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