Cuando era niña, siempre que llovía, y daba igual que fuese una tormenta o lluvia mansa, sentía una gran inquietud. ¿Y si no escampa? La historia del arco iris no conseguía tranquilizarme.

Los años me han mostrado que siempre escampa. En todo tipo de lluvia y tormentas, en las atmosféricas y en las vitales, termina por escampar. Y yo he aprendido a apreciar el arco iris, sí, pero también la tempestad.

Con orgullo digo que disfruto la lluvia y la tormenta, incluyendo aquí borrascas emocionales. Vivo inmersa en la fe en que escampará. ¿Qué mérito tiene apreciar el arco iris? Ninguno. Lo admirable es sonreír en pleno aguacero, cuando parece que el cielo, o las lágrimas, vayan a desplomarse sobre el mundo. Por eso me siento orgullosa de sonreír ante la lluvia.

Doy un paso más: en plena tormenta mi alma habita el arco iris, compartido, siempre compartido, cómo no, pues en soledad no tendría sentido.

Para mí el arco iris es un estado de ánimo, sí, pero también un puente hacia el infinito. Y un pacto con la vida.

Me encanta como huele el aire cuando escampa.